viernes, 23 de mayo de 2008

El viejo ratón

Por estos días, algunas voces hicieron llegar a mis oídos la sugerencia de que dejara por un momento de lado temas tan trascendentes y lejanos como los de política internacional y/o injusticias globales, zonales, nacionales y hasta barriales, para dedicar aunque sea por un instante algún espacio y reflexión sobre otros temas más cercanos, más domésticos, mas cotidianos, mas personales, mas íntimos, mas familiares.

Lo que me me fue sugerido no es cosa fácil, es como poner el propio cuerpo sobre la mesada y disecarse uno mismo.
No, no es fácil opinar cuando el opinado es uno mismo.

Parlotear sobre la maldad de un Bush enviando tropas a Irak, o criticar al Sumo Pontífice, el actual o cualquiera de sus antecesores, es muy sencillo por cierto. No hace falta más que leer algunos renglones en uno u otro libro o un periódico, mirar algunas imágenes por aquí y por allá, escuchar alguna opinión consagrada y algunas de las otras; rumiar luego un rato, poner todo eso junto con lo que uno fue recogiendo en el curso de la propia vida y listo.
Allí está la nota, la opinión, el discurso.

Para esbozar una calurosa opinión crítica sobre el hambre en Haití o denostar la libertad pornográfica de un torturador que continúa caminando displicente por las calles no hace falta demasiado coraje, basta con mirar un rato hacia donde sopla el viento y luego golpear unas teclas para que las palabras broten, si es que se tiene tal habilidad naturalmente, o se aprendió trabajosamente, pero coraje, no hace falta mucho.

Lo que no es sencillo entonces, es juzgar el propio acto en el verdadero y único momento en que ese acto deja de ser un potencial para convertirse en verdad, en hecho ocurriendo.

En el momento en que las cosas pasan, nuestra opinión es nuestro propio acto y nuestro accionar es nuestra opinión y nuestra crítica.

El sentido ético y moral de lo que hacemos es juzgado por nosotros en el mismo momento de "hacer" al concretar ese "hacer" de una particular manera entre las infinitas que pudieran elegirse; y definitivamente, no es sencillo exponerse así frente nuestros propios ojos.

Cuando salimos a la realidad, nada de internet, ni virtualidad ni medios masivos ni ensayos. Nada de televisión, noticieros, vídeos.
Ni tan siquiera reuniones de amigos donde brillar con algún parloteo inteligente, con perdón de la palabra.
Es cuando estamos solos frente al universo sin la protección de la palabra devenida en sólido discurso, es en ese momento cuando el coraje se hace imprescindible.

El momento de la verdad es el acto en sí y es en ese instante, si los instantes verdaderamente son cosas que existen, es en ese momento en que la persona, uno, yo, ustedes, todos, somos lo que somos.

Ese único y preciso individuo que somos, se manifiesta y no otro. Es en ese momento en que quedamos desnudos porque son nuestros ojos los que nos ven sin ropas.

Es cuando nacemos o cuando morimos, cuando hacemos el amor, cuando cuidamos a un enfermo, cuando ejercemos la violencia sobre el otro y cuando vendemos nuestro trabajo o nuestra consciencia, cuando vamos mientras la mayoría viene y eso no resulta indiferente.
Es cuando robamos, cuando arrojamos un envase vacío en la carretera.

Es cuando el acto se hace inevitable que el coraje se requiere, frente al compañero golpeado; o cuando nos despiden del trabajo.

Cuando te dicen que no te aman, cuando tu hijo te mira. En esos momentos es que la vida te exige coraje para opinar con acción. Y no siempre está disponible.

Es entonces, luego de rumiar un largo rato, que decidí eludir el desafío y convidarlos con estos simples versos del maestro Javier Villafañe.

El viejo ratón

Hay catorce lauchas
en torno a un ratón,
viejo, rengo y ciego,
pelado y rabón.

-Cuéntenos, abuelo,
lo que le pasó.
Y repite el cuento
que otra vez contó:

-Pito colorín,
pito colorón.

Por una cocina
me paseaba yo.

Limpias las baldosas
fregado el fogón,
no había en el suelo
ni un gramo de arroz.

La señora escoba
todo se llevó.

Pito colorín,
Pito colorón.

Dormida en un banco,
sobre un almohadón,
una gata negra
hacía rom rom.

Cuando el gato duerme
pasea el ratón.
Esto lo sabemos
ustedes y yo.

Pito colorín,
Pito colorón.

Andaba esa noche
del banco al fogón,
con mi larga cola
como un gran señor.

Pito colorín,
Pito colorón.

De pronto descubro
creca de un rincón
que un trozo de queso
la escoba olvidó.

Lo que no se barre
lo come el ratón.
Esto lo sabemos
ustedes y yo.

Pito colorín,
Pito colorón.

Huelo, me relamo
doy un mordiscón,
y en una trampera
mi cola quedó.

Pito colorín,
Pito colorón.

Por comer de prisa
me quedé rabón.
La laucha más laucha
pregunta al ratón:

-¿Y la gata negra
no se despertó?
-Fue por milagro
que no me comió.

Pito colorín,
Pito colorón.

Gracias por su tolerancia.
Hasta la próxima con temas más fáciles.
MC

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