Luchar, vencer, caerse, levantarse; hasta que se acabe la vida. - García Linera


Tocan tiempos difíciles, pero para un revolucionario los tiempos difíciles son su aire. De eso vivimos, de los tiempos difíciles, de eso nos alimentamos. La década de oro del continente no ha sido gratis. Ha sido la lucha desde abajo, la que ha dado lugar al ciclo revolucionario. No ha caído del cielo esta primera oleada. Traemos en el cuerpo las huellas y las heridas de luchas de los años 80 y 90. Y si hoy, temporalmente, tenemos que volver a esas luchas, bienvenido. Para eso es un revolucionario.

Quisiera reflexionar sobre lo que se está pasando en el continente. No estamos en un buen momento. Tampoco es un momento terrible. Pero este es un momento de inflexión histórica. Algunos hablan de un retroceso, de un avance de los restauradores. Lo cierto es que en el último año, después de diez años de intensa construcción, de irradiación territorial de gobiernos progresistas y revolucionarios, este avance se ha detenido, y en algunos casos ha retrocedido, y en otros casos está en duda su continuidad. De manera fría, como lo tiene que hacer un revolucionario, se tiene que hacer un análisis de plaza, en terminología militar, sin ocultar nada, porque dependiendo de la claridad del análisis que uno hace, es que sabrá encontrar las fuerzas reales prácticas del avance futuro.
No cabe duda que hay una contracción territorial de este avance de los gobiernos progresistas. Allá donde han triunfado las fuerzas conservadoras, hay un acelerado proceso de reconstitución de las viejas elites de los años 80 y 90, que nuevamente quieren asumir el control de la gestión estatal. En términos culturales, hay un esfuerzo denodado desde los medios de comunicación, desde las ONG, desde intelectuales orgánicos de la derecha, por devaluar, por poner en duda, por cuestionar la idea y el proyecto de cambio y de revolución.
Todo esto dirige su ataque hacia lo que podemos considerar como la década virtuosa de América Latina. Son más de diez años que el Continente, de manera plural y diversa, unos más radicales que otros, pero de una manera muy convergente, América latina ha vivido los años de mayor autonomía y construcción de soberanía que uno pueda recordar desde la fundación de los Estados en el siglo XIX.
 
Cuatro cosas caracterizaron esta década virtuosa latinoamericana
 Primero lo político: un ascenso en lo social y fuerzas populares que asumen el control del poder del Estado. El viejo debate teoricista de principios de siglo de si es posible cambiar el mundo sin tomar el poder, es superado de una manera práctica por los sectores populares, que asumen las tareas de control del Estado. Se vuelven Diputados, asambleístas, senadores, asumen función pública, se movilizan, hacen retroceder políticas neoliberales, toman la gestión estatal, modifican políticas públicas, modifican presupuestos, y en diez años asistimos a lo que podría denominarse una presencia de lo popular, de lo plebeyo, en sus diversas clases sociales, en la gestión del Estado.
Igualmente, en esta década asistimos a un fortalecimiento de la sociedad civil: sindicatos, gremios, pobladores, vecinos, estudiantes, asociaciones, comienzan a diversificarse y a proliferar por distintos ámbitos. Se rompe la noche neoliberal de apatía, de simulación democrática, para recrear una potente sociedad civil que asume un conjunto de tareas en conjunción con los nuevos Estados latinoamericanos.
En lo social, vamos a asistir a una potente redistribución de la riqueza. Frente a las políticas de ultra-concentración que había convertido al continente en uno de los más injustos del mundo, desde los años 2000, a la cabeza de gobiernos progresistas y revolucionarios, asistimos a un poderoso proceso de redistribución de la riqueza. Esta dinámica va a llevar a una ampliación de las clases medias, no en el sentido sociológico del término, sino en el sentido de su capacidad de consumo. Así, América Latina va a llevar adelante la limitación de las desigualdades sociales que no habían podido lograrse en los últimos 100 años.
En lo económico, con mayor o menor intensidad cada uno de los gobiernos de estos Estados va a ensayar propuestas post-neoliberales en la gestión económica. No estamos hablando todavía de propuestas socialistas. Estamos hablando de propuestas post-neoliberales, que permiten que el Estado retome un fuerte protagonismo.
En política externa, se va a constituir lo que podríamos denominar de una manera informal, una internacional progresista y revolucionaria a nivel continental. Lula, Kirchner, Correa, Evo y Chávez van a asumir lo que podríamos llamar una especie de comité central de una internacional latinoamericana que va a permitir pasos gigantescos en la constitución de nuestra independencia, y surgirá una integración propia de latinoamericanos, sin Estados Unidos, sin la necesidad de tutelajes, ni patrones.
Sin embargo, y hay que asumir de frente el debate, en los últimos meses este proceso de irradiación y de expansión territorial de gobiernos progresistas y revolucionarios, se ha estancado. Hay un regreso de sectores de la derecha, en algunos países importantísimos y decisivos del continente, hay amenaza de que la derecha retome el control en otros países, es importante que nos preguntemos por qué.
Evidentemente la derecha siempre va a intentar y buscar sabotear los procesos progresistas. Es un tema de sobrevivencia política de ellos, es un tema de control y disputa por el excedente económico. Pero es importante que evaluemos qué cosas nosotros no hemos hecho bien, dónde hemos tenido límites, que han permitido o quieren permitir que la derecha retome la iniciativa.
Yo marcaría cinco problemas que se han hecho presentes en esta década virtuosa.
Una primera debilidad son las contradicciones al interior de la economía. Es como si le hubiésemos dado poca importancia al tema económico al interior de los procesos revolucionarios. Cuando uno es opositor no gestiona nada. Lanza un proyecto de país, irradia una propuesta, pero no gestiona. Su convocatoria hacia el pueblo es en función de propuestas, iniciativas, sugerencias. Pero cuando uno se vuelve Estado, la economía es decisiva. Y no siempre los gobiernos progresistas han asumido la importancia decisiva de la economía cuando se está en gestión de gobierno. Allí nos jugamos nuestro destino. Si no hay los satisfactores básicos, no cuenta el discurso. El discurso habrá de ser eficaz, puede crear expectativas positivas colectivas, sobre una base material de satisfacción mínima de condiciones necesarias. Si no están esas condiciones necesarias, cualquier discurso, por muy esperanzador que sea, se diluye ante la base económica.
Una segunda debilidad. Algunos de los gobiernos progresistas y revolucionarios han adoptado medidas que han afectado al bloque revolucionario, potenciando al bloque conservador. Ciertamente que un gobierno debe gobernar para todos, es la clave del Estado. Pero gobernar para todos no significa entregar los recursos o tomar decisiones que por satisfacer a todos debiliten la base social que te dio vida, que te da sustento y que son al fin y al cabo los únicos que saldrán a las calles cuando las cosas se ponen difíciles. ¿Cómo moverse en esa dualidad: gobernar para todos, teniendo en cuenta a todos, pero en primer lugar, por siempre, como dice la Iglesia Católica de base, tomando una opción preferencial, prioritaria por los trabajadores, por los pobladores, por los campesinos? No puede haber ningún tipo de política económica que deje de lado a lo popular. Cuando se hace eso, creyendo que se va a ganar el apoyo de la derecha, o que va a neutralizarla, se comete cometió un error, porque la derecha nunca es leal.
Los gobiernos progresistas y revolucionarios significaron un empoderamiento de trabajadores, de campesinos, de obreros, mujeres, jóvenes, con mayor o menor radicalidad según el país que se tome en cuenta. Pero un poder político no va a ser duradero si no viene acompañado de un poder económico de sectores populares. Poder político tiene que ir acompañado de poder económico, porque si no se va a seguir presentando la dualidad. Poder político en manos de los trabajadores, poder económico en manos de los empresarios o el Estado.
El segundo problema que estamos enfrentando es la redistribución de riqueza sin politización social. La mayor parte de nuestras medidas han favorecido a las clases subalternas. Hay una ampliación del sector medio, de la capacidad de consumo de los trabajadores, hay una ampliación de derechos, necesarios. Pero, esto no viene acompañada con politización social, no estamos ganando el sentido común. Habremos creado una nueva clase media, con capacidad de consumo, con capacidad de satisfacción, pero portadora del viejo sentido común conservador.
No hay revolución verdadera, ni hay consolidación de un proceso revolucionario, si no hay una profunda revolución cultural. Y ahí estamos atrasados. Ahí la derecha ha tomado la iniciativa. A través de medios de comunicación, de control de universidades, de fundaciones, de editoriales, de redes sociales, de publicaciones, a través del conjunto de formas de constitución de sentido común contemporáneas.
Un tercer problema es una débil reforma moral. La corrupción es clarísimo que es un cáncer que corroe la sociedad. Los neoliberales son ejemplo de una corrupción institucionalizada, cuando amarraron la cosa pública y la convirtieron en privada. Las privatizaciones han sido el ejemplo más escandaloso, más inmoral de corrupción generalizada. Y eso hemos combatido, pero no basta. No ha sido suficiente. Es importante que, así como damos ejemplo de restituir la res pública, los recursos públicos, los bienes púbicos, como bienes de todos, en lo personal, en lo individual, cada compañero nunca abandone la humildad, la sencillez, la austeridad y la transparencia.
Un cuarto elemento, que yo no diría de debilidad, es el tema de la continuidad del liderazgo en regímenes democráticos. Cuando triunfa una revolución armada, la cosa es fácil, porque la revolución logra finiquitar, casi físicamente, a los sectores conservadores. Pero en las revoluciones democráticas tienes que convivir con el adversario. Lo has derrotado discursivamente, electoralmente, políticamente, moralmente, pero ahí sigue tu adversario. Es parte de la democracia. Y las Constituciones tienen límites para la elección de una autoridad. ¿Cómo se resuelve el tema de la continuidad del liderazgo? Van a decir: lo que pasa que los populistas, los socialistas, son caudillistas. Pero, qué revolución verdadera no personifica el espíritu de la época. Si todo dependiera de instituciones, eso no es revolución. Ninguna revolución late en las instituciones. No hay revolución verdadera sin líderes ni caudillos. Es la subjetividad de las personas que se pone en juego. Pero el tema es cómo damos continuidad al proceso teniendo en cuenta que hay límites constitucionales para un líder. Ese es un gran debate, no fácil resolverlo. No tengo yo la respuesta. Tal vez la importancia ahí de liderazgos colectivos, de trabajar liderazgos colectivos, que permitan que la continuidad de los procesos tengan mayores posibilidades en el ámbito democrático. Pero incluso a veces ni eso es suficiente.
Por último, una quinta debilidad es la frágil integración económica y continental. Hemos avanzado muy bien en integración política, pero la integración económica es mucho más difícil. Porque cada gobierno está viendo su espacio geográfico, su economía, su mercado, y cuando tenemos que leer los otros mercados, ahí surgen limitaciones. Uno habla, pero cuando tienes que ver la balanza de pagos, inversiones, tecnología, las cosas se ralentizan. Este es el gran tema. Soy un convencido que América Latina solo va a poder convertirse en dueña de su destino en el siglo XIX, si logra constituirse en una especie de Estado continental, plurinacional, que respete las estructuras nacionales de los Estados, pero que la vez con ese respeto de las estructurales locales y nacionales, tenga un segundo piso de instituciones continentales en lo financiero, en lo económico, en lo cultural, en lo político y en lo comercial.
La derecha quiere retomar la iniciativa. Y en algunos lugares lo han logrado aprovechando alguna de estas debilidades. No debemos asustarnos, ni debemos ser pesimistas ante el futuro. Marx, en 1848, cuando analizaba los procesos revolucionarios, siempre hablaba de la revolución como un proceso por oleadas. Nunca imaginó como un proceso ascendente, continuo, de revolución. Una oleada, otra oleada, y la segunda oleada avanza más allá de la primera, y la tercera más allá de la segunda. Me atrevo a pensar que estamos ante el fin de la primera oleada. Y está viniendo un repliegue. Serán semanas, serán meses, serán años, pero está claro que como se trata de un proceso, habrá una segunda oleada, y lo que tenemos que hacer es prepararnos, debatiendo qué cosas hicimos mal en la primera oleada, en qué fallamos, dónde cometimos errores, qué nos faltó hacer, para que cuando se de la segunda oleada, más pronto que tarde, los procesos revolucionarios continentales puedan llegar mucho más allá, mucho más arriba, que lo que lo hicieron en la primera oleada.
 
Tocan tiempos difíciles, pero para un revolucionario los tiempos difíciles son su aire. De eso vivimos, de los tiempos difíciles, de eso nos alimentamos. La década de oro del continente no ha sido gratis. Ha sido la lucha desde abajo, la que ha dado lugar al ciclo revolucionario. No ha caído del cielo esta primera oleada. Traemos en el cuerpo las huellas y las heridas de luchas de los años 80 y 90. Y si hoy, temporalmente, tenemos que volver a esas luchas, bienvenido. Para eso es un revolucionario.

Luchar, vencer, caerse, levantarse, luchar, vencer, caerse, levantarse. Hasta que se acabe la vida, ese es nuestro destino.


(*)  Artículo firmado por Alvaro García Linera Vicepresidente de la República Plurinacional de Bolivia publicado en el primer número de la Revista Independencias donde analiza la actual coyuntura política de América Latina.

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