domingo, 18 de marzo de 2012

la musiquita del informativo de Radio Colonia

Mi primer gatillo fácil

La riña había sido desigual: dos roperos –después se supo que jugaban en las inferiores de algún equipo de rugby– contra un muchacho de contextura bien plantada, pero nada más. Fue en una parada de colectivos sobre la Avenida del Libertador, a la altura de la Quinta Presidencial de Olivos. La instancia previa consistió en un ríspido intercambio de palabras, cuando desde una Estanciera los primeros se burlaron del otro por su aspecto algo estrafalario. Todo parecía indicar que éste no iría a salir indemne del asunto. Sin embargo, en menos de un minuto doblegó a sus rivales. Entonces tuvo la deferencia de ofrecerles un armisticio honorable. Ello derivó en una súbita empatía entre los tres hombres, quienes se estrecharon las manos como caballeros. En ese instante, un disparo congeló la escena. Eran las cinco y media de la tarde del 17 de julio de 1966.
Tres semanas antes, Onganía había tomado el poder.
A pesar de que yo apenas tenía ocho años, el día del derrocamiento del presidente Illia quedó grabado en mi memoria. En parte, por la musiquita del informativo de Radio Colonia que ese lunes mi padre oía con expresión de tristeza. También recuerdo otra melodía de la época: la cortina musical del programa Titanes en el Ring. Al respecto, estoy en condiciones de afirmar que, a sólo horas del golpe de Estado, El Gitano Ivanoff fue vencido en una pelea de fondo por el gran Martín Karadagián.
Lo cierto es que por entonces no había nada en el mundo que esperara tanto como los domingos a las ocho de la noche. Era cuando el relator Rodolfo Di Sarli irrumpía en la pantalla del viejo Canal 9 para anticipar la velada. Lo suyo era literatura oral, y de la buena. Su método: cierta exaltación en los adjetivos y una fantasía desbordante, casi surrealista. Hasta bautizó tomas con nombres un tanto categóricos: “el torniquete”, “la tabla marina” y “el tirante japonés”. Incluso había luchadores con alguno de aquellos recursos a modo de marca personal. Como Rubén El Ancho Peucelle y su “quebradora”, los “dedos magnéticos” del Indio Comanche y el inolvidable “cortito” de Karadagián. Todo en ese cuadrilátero era posible. Ulises el Griego no era otro que el de La Odisea, pero estaba allí. Iván el Terrible era zar de todas las Rusias, y estaba allí. Al entrar al ring, Mister Chile hacía bailar sus pectorales y bíceps como si tuvieran vida propia. Don Quijote llegaba a lomo de un matungo. Y el árabe Tufic Memet, un gordo envuelto en sábanas, aparecía rodeado de odaliscas. También Jean Pierre, el Beatle Francés, solía presentarse en buena compañía: cuatro groupies que se sacudían al compás de Eight Days a Week. El público aullaba. Yo seguía su campaña con mucha atención.
Había debutado el 11 de junio de 1965 en un combate contra el italiano Gino Scarzi. Con su melenita inspirada en Paul McCartney y una sólida formación en la lucha grecorromana, el tipo supo cosechar una popularidad vertiginosa. En aquella temporada, haciendo gala de una agilidad rayana con la insolencia, encorvó al Tigre Paraguayo, al campeón nazi Georg Müller y a Barba Roja. Su duelo con El Caballero Rojo fue memorable. Éste lo tenía trabado por la espalda con una “doble Nelson”. Él se zafó para aplicar esa misma llave sobre su rival. Al cabo de unos segundos, quedó nuevamente atrapado, pero luego logró revertir otra vez la situación. Y así, sucesivamente. Como en un paso de baile. Al final, los brazos de ambos luchadores fueron alzados en señal de triunfo. En la tribuna, el delirio era absoluto.
En el otoño del año siguiente, fui con mi madre a ver Titanes en el Ring al estudio mayor de Canal 9, sobre el pasaje Gelly. Ese lugar no era como el que se veía por el televisor; poseía color, otros ángulos y los relatos de Di Sarli se filtraban desde la distancia como un lejano eco.
Días antes hubo que ir por las entradas a un local de la galería situada en la avenida Córdoba, a metros de Callao. Fuimos atendidos de inmediato, ya que no había otra gente a tal fin. En esas circunstancias, advertí una silueta junto al pasillo. No daba crédito a mis ojos: era nada menos que El Beatle Francés. Al percibir mi asombro, hizo una sonrisa. Entonces se acercó, antes de inclinarse para emparejar mi estatura. Cruzamos algunas palabras, recibí un autógrafo y un apretón de manos. Quedé mudo por la emoción.
Ahora transcurría el octavo combate de la noche. El Beatle Francés, tomado por los cabellos, aguantaba el impiadoso castigo del armenio Ararat, una mole de grasa con la espalda peluda y malla de bailarín. Éste descargaba una y otra vez el antebrazo sobre la nuca del rival. Hasta que, de pronto, un palmazo seco le pegó de lleno en la nariz. La montaña humana no acusó el golpe. Pero tres segundos después, los ojos se le pusieron en blanco. Y cayó de bruces. Tuvo que ser retirado. Semejante epílogo hizo rugir a la multitud. En el centro del ring, El Beatle Francés retribuyó las ovaciones agitando un brazo. Aún hoy sigo aferrado a la ilusoria creencia de que llegó a reconocerme y me saludo.
Lo vi luchar por última vez desde el pequeño Noblex rojo que tenía en mi habitación. Su contrincante: Il Bersagliere, un individuo disfrazado de soldado del ejército italiano. Era el 3 de julio de 1966. Por alguna extraña razón, me es imposible recordar el resultado.
Recién ahora –a más de nueve lustros de aquellos días– pude saber detalles sobre su existencia. El Beatle Francés se llamaba Alberto Korobeinik, tenía 26 años y era el primogénito de un matrimonio judío afincado en la ciudad de Tandil, tras escapar del Holocausto nazi. Alternaba la lucha profesional con el trabajo de estibador en el puerto. Fue en las playitas de Olivos en donde se relacionó con algunos integrantes de la troupe de Karadagián; entre ellos, Juan Enrique Dos Santos (El Gitano Ivanoff) y Rubén Ovidio Piucelli (El Ancho Peucelle), de quien, además, era vecino. Vivía con su mujer, Nelly Argañaraz, en una prefabricada sobre la calle Arenales y el río, de Vicente López. Ella estaba embarazada. El 17 de julio, ya en vísperas de dar a luz, se encontraba en un hospital de Florida. Allí estuvo su hombre hasta el atardecer. Luego partió hacia Canal 9. Debía enfrentarse con Benito Durante.
Ese domingo, poco antes de las cinco y media, el sargento primero de la Policía Federal Ramón Rosario Arellano dormitaba en una garita de la Quinta Presidencial de Olivos. El chillido de una vecina –siempre hay una vecina en estos casos– lo arrancó de la modorra. Ella chillaba con un dedo extendido hacia la esquina. El suboficial, aún adormilado, se encaminó en aquella dirección, ya con la reglamentaria sin seguro en la mano. El tinto del mediodía le había enturbiado los sentidos. En tales condiciones, sólo advirtió tres sombras humanas en actitud incierta. Una de ellas –la de pelo largo– lo habría perturbado más de la cuenta. Fue cuando una bala de su Ballester Molina congeló la escena.
Alberto Korobeinik, con el hígado partido por el plomo, murió unas horas después.
Como en las malas novelas, esa noche nació su bebé.
A su modo, Jean Pierre, el Beatle Francés, se había convertido en la primera víctima de la flamante dictadura.
Y fue mi despertar en el mundo del gatillo fácil.


Artículo publicado en Miradas al Sur -  Año 5. Edición número 200. Domingo 18 de marzo de 2012 

Hasta la próxima.

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