lunes, 13 de febrero de 2012

EL BAILE ENCADENADO

Alicia Rajlin

Viento, tormenta, aguacero helado en las montañas. Una jovencita, casi niña, apenas envuelta en piel de búfalo, cabellos sucios y enredados, dibuja animales en las paredes de la cueva. Una criatura garabatea a su lado en el piso de tierra y lleva otra prendida de la teta. Brota en la piedra el ritmo de su cuerpo. Líneas en movimiento, magia de la forma. Rogativa de amparo. –Lo dice la Historia del Arte Rupestre.
Hay sombrillas y reverencias en las calles de la colonia. Doña Agustina, de peineta y miriñaque, elige cintas de raso para remozar los vestidos de sus hijas, como si en eso se le fuera la vida. Pomposa, con veleidades de patricia venida a menos, piensa que las apariencias venden y pone todas sus esperanzas en el baile de la noche. Verde agua para la menor, salmón para la del medio y morado para la mayor que se le está quedando solterona ¡San Antonio no lo permita! se santigua y corre a poner al santo cabeza abajo. –Lo dice la Historia de la Colonia.
Tarde de noche, el comisario entra borracho en la habitación de la villa donde vive la Mary, deja la gorra y el revolver sobre una silla, se desabrocha el pantalón, sin sacárselo, se mete en la cama de la hija. En otra casilla, Josefa, no puede dormir por la artritis, recelosa, repite la propuesta del carnicero: ‘si querés huesos con carne mandáme a la menor a la hora de cerrar y limpita’. Se pregunta ¿Dónde perderá la virginidad su hija, junto a la heladera, en la pieza del fondo, o sobre el mostrador con manchas de sangre de animales muertos? El comisario se va, la Mary se hace la dormida y en la cama, la chica, indefensa, llora en silencio. –Lo dice el diario.
Dios quiera, reza Doña Agustina, que algún pretendiente con fortuna saque a bailar a mis hijas, al menos a una, que de sujetarlo me encargo yo. El carnicero, convincente, calcula a ojo, sólo con bailar y modelar ganás miles de dólares. Pasaje y alojamiento pagos. Hasta arreglaba con la Mary y la Josefa , si tuvieran unos años menos y buena figura. Durante la danza, ilustra Doña Agustina, abanicando su abundancia en carnes rozagantes, sólo hay que dejarse tocar la mano enguantada, apurar al hombre con caída de pestañas y lagrimeo, sonrisa entradora, pero ¡recatadas! sin mirar de frente, indiferentes, al menos con el candidato al altar. Dice el carnicero que todo consiste en acompañar con unas copas, no obligan a tener sexo y hasta se puede llegar a ser una modelo famosa. Cuando el móvil policial pasa a buscar el asado del domingo, le acerca la carne al auto y metiendo medio cuerpo por la ventanilla indica: ‘Avisále al comisario que tengo el asunto apalabrado’. La joven niña diestra en la sabiduría del presentimiento aleja espectros. Algunas figuras cadenciosas, que dominan la vida en las paredes de la cueva, caen enlazadas por un gigante maléfico cubierto de crines. Tarea dura la de defenderse. En el resplandor del salón, el hijo retrasadito de apellido compuesto y fortuna sustancial genuina, se acerca al trío de cintas de raso. Pide un baile. Desde atrás, Doña Agustina, empuja a la mayor. A la del medio la obliga a aceptar un viejo achacoso que escupe al hablar, dueño de vacas, campos y efectivo. Si van a los papeles ¡herencia segura! Nada de sentimentalismos ¡Virgen Santísima escucha mis ruegos que no se vive de ilusiones y hay que hacerse mantener! La conocida del carnicero les recomienda a su patrona, esposa de un capo de la trata. Las coloca y arregla los papeles. Los gastos se descuentan cuando empiezan a trabajar. Vuelven del baile caminando, escuchan en el empedrado de la avenida, rechinar ruedas y trote de caballos, son los venturosos que viajan en carruajes. El avión carretea en la pista privada, frena y hacen bajar a las chicas. Pálidas, descompuestas, algunas con vómito en la ropa. Las suben a una camioneta y se las llevan. Las alojan en un galpón. Un gobernante del lugar, panzón y de bigotes, las evalúa y les pone precio. –Lo cuentan las que pudieron salvarse. Cuando están seguros que no les siguen el rastro, las reparten por los prostíbulos de la zona. A las mujeres les descontarán pasaje en primera y hotel cinco estrellas. Ellas, aún no sienten deseos de regresar a la calle y a la violencia doméstica, creen que podrán salir adelante. Ni las sorprende que no les hayan devuelto el pasaporte. Ruegan y besan sus medallitas, perseverantes. Algo tapa la entrada de la cueva. Oscurece. La joven niña gira. Distingue rasgos conocidos. Se saca la criatura de la teta y aprieta su amuleto. 
El hombre prehistórico tira a un costado el animal muerto que traía y se abalanza sobre la presa viva.

Buenos Aires. Febrero 2011

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